“..In God we trust..”
“..In God we trust..”
Por qué el miedo? A qué? Por qué no hay una fuerza superior que me tranquilice y me diga que no tema y que deje fluir la corriente sin necesidad de meter piedras a su paso?
Por qué no puedo creer en mí y sólo en mí y dejo de pensar un momento en los miedos y las consecuencias de lo que no ha llegado ni siquiera a la puerta de mi vida. No soy filósofa, metafísica ni astróloga, no soy adivina, gitana ni tarotista. Soy únicamente lo que soy y pareciera que no existo en el plano que debo hacerlo.
Ahora estoy aquí fingiendo que no me importa, dejando que parezca que no tengo mayor preocupación y que sigo los pasos que me pone el destino.
Por una vez en la vida quisiera sentirme menos cobarde y si no es la intención que busco entonces quisiera encontrar una manera de percibir que puedo ser totalmente libre y que no estoy atada a la situación complicada que me ha acabado llenando la cabeza de telarañas y me detiene a pensar en lugar de sentir.
¿Por qué no puedo tomar el riesgo por una vez en la vida pensando que me va a ir bien?
Y aquí estoy. Bloggeando. Sin mayor preocupación porque soy una mujer sin preocupaciones. Y me encuentro deambulando entre mis múltiples compromisos mentales sin muchas ganas de completar ninguno.
Estoy intentando leer los nuevos textos de mi posgrado que reinició hoy, estoy escuchando al mismo tiempo al Vitamin String Quartet y tengo a mi lado mi primer libro del año, de Haruki Murakami para no variar y del que me pregunto tantas cosas idiotas como… ¿Pensará que sus personajes tienen ojos rasgados?… Lo hago porque soy ociosa y lo hago porque soy tan occidental que no me imagino las personalidades de sus libros en otro cuerpo que no sea como los que yo conozco aquí. Qué poca capacidad imaginativa la mía, aparentemente.
Y estoy cobijada porque hace frío hasta el tope… 14 grados según el “sistema meteorológico” de mi Ipod que también indica que son las 2:47 de la madrugada en Madrid y que me lo dice porque parece que no me interesa mucho alejarme de aquella ciudad o a lo mejor por pura pose.
Pero creo que voy empezando muy bien el año dado que hoy es 2 de enero y ya estoy publicando mis primeras líneas en este blog.
Y me caigo mal porque pareciera que tengo un tono negativo en todo lo que he dicho hasta ahora y es que, no es que sea negativa hoy, pero tengo frío y el frío impide pensar y pensar implica dar vueltas y dar vueltas sólo produce mareos y nos deja exactamente en el mismo sitio donde empezamos antes de pensar. En la nada, estatismo total antes de tomar una o ninguna decisión.
Mejor pongo “How Deep is your love” en versión The Bird and The Bee que me gusta mucho y que me hará relajarme más de lo que ya estoy impidiendo otra vez que me mueva de aquí para allá o viceversa.
O pongo las canciones que bajé para acordarme de mi papá y de mi mamá y no de mi hermana que dice que me extraña y se me hace un nudo en la garganta.
El mayor problema de que las cosas no salgan bien o más bien dicho, que no salgan como uno lo ha planeado con tanto tiempo: es la reacción que las personas tienen cuando les cuentas las cosas.
El problema real es que cuando tú dices… “Rompí con mi novio” la amiga te contesta “¡No manches¡ ¿pues qué te hizo? ¡Maldito!” o cuando pasa el “No tengo trabajo” la gente suele pensar “Pobrecito, qué mala onda que no te lo dieron…” y nadie en su sano juicio (o muy pocas personas) te dicen…. “Pues ni modo, por algo pasan las cosas” casi siempre eso llega después de dos horas de largas pláticas y explicaciones sosas.
Entonces me puse a pensar que a lo mejor esa cultura del “Pobrecito” ha generado que nosotros reaccionemos negativamente a los rechazos o a los planes mal logrados, el hecho es que cuando la primer reacción es un inequívoco “pobrecito” en sujeto implícito o no de la segunda persona del singular, la mente lujuriosa y ávida de malos pensamientos empieza a diseñarse un discurso de autocompadecimiento marca diablo y entonces empiezan las cosas que…. ay ya… ya me harté de seguir escribiendo del tema… voy a decirle a mi amiga que aquel patán que no tiene pantalones “Es un maldito”
“..Lloré como si los ojos hinchados fueran un bonito accesorio..”
Como cada año, siempre digo lo mismo, siempre hago lo mismo, siempre prometo las mismas cosas ya no tengo mayor creatividad ni tengo maneras de negar lo innegable, como cada final de año reviso las cuentas pendientes en los múltiples espacios que he dejado descubiertos de textos, de líneas, de puntos y comas, absorta en las falsas excusas que le dictan a mi mente que diga con verbos, sujetos y predicados, las razones por las que no estoy ahí, pretextando el tumulto verbal y no verbal de la cotidiana monotonía de los trabajos, las escuelas múltiples, las obligaciones ridículas y las necesidades mal cubiertas del día a día.
Como cada año siempre que termina, mi vida se siente cada vez más lejos de sus ideas plasmadas y cada vez más cerca de las excusas bien delimitadas con altos y bajos y con depresiones controladas y enojos medicados.
Siempre es lo mismo mírame: Quiero escribir Estoy ocupada, tengo problemas, tengo que estudiar, limpiar, ver series de muertes en la televisión y un café mal hecho y sin crema, pero con dos de azúcar.
Cada año intento volver a los mismos pasos mal encajados y atorados en un lápiz sin punta, un bolígrafo a media tinta y por supuesto en el QWERTY del celular o bien metido en el “Enter” sin querer salir.
Y así, sin la menor disposición de cambiar mis intenciones ni mis propósitos anuales, llegará el 2012 prometiendo no abandonar estos caminos mal trechos de letras desacomodadas y rompecabezas emocionales que No lograrán traspasar las yemas de mis dedos y se instalarán en una hoja en blanco o rayada o a cuadros o se perderá en los confines de la red como todos los años, los días y los meses que me resten por vivir.
Te espero cuando la noche se haga día,
suspiros de esperanzas ya perdidas.
No creo que vengas, lo sé,
sé que no vendrás.
Sé que la distancia te hiere,
sé que las noches son más frías,
Sé que ya no estás.
Creo saber todo de ti.
Sé que el día de pronto se te hace noche:
sé que sueñas con mi amor, pero no lo dices,
sé que soy un idiota al esperarte,
Pues sé que no vendrás.
Te espero cuando miremos al cielo de noche:
tu allá, yo aquí, añorando aquellos días
en los que un beso marcó la despedida,
Quizás por el resto de nuestras vidas.
Es triste hablar así.
Cuando el día se me hace de noche,
Y la Luna oculta ese sol tan radiante.
Me siento sólo, lo sé,
nunca supe de nada tanto en mi vida,
solo sé que me encuentro muy sólo,
y que no estoy allí.
Mis disculpas por sentir así,
nunca mi intención ha sido ofenderte.
Nunca soñé con quererte,
ni con sentirme así.
Mi aire se acaba como agua en el desierto.
Mi vida se acorta pues no te llevo dentro.
Mi esperanza de vivir eres tu,
y no estoy allí.
¿Por qué no estoy allí?, te preguntarás,
¿Por qué no he tomado ese bus que me llevaría a ti?
Porque el mundo que llevo aquí no me permite estar allí.
Porque todas las noches me torturo pensando en ti.
¿Por qué no solo me olvido de ti?
¿Por qué no vivo solo así?
¿Por qué no solo….
Me abotono la camisa y me bebo un Whisky. La veo dormir desde la esquina de la cama: observo cómo la luz le juega bromas a su espalda y se mete en los surcos de las sábanas transformadas en una suerte de desierto del Sahara, baja por sus tres lunares míticos y se pierde en su cintura curveada, en parte por la extraña torsión que siempre adopta a la misma hora y en parte a su complexión de piel pegada al hueso que me enamoró desde que la conocí.
Noto la interrupción del perfecto lienzo con las ligeras hebras de cabellos castaño que veleidosas como ella misma se niegan a permanecer en la almohada y mejor se le adhieren a la tez blanquecina, fantasmal.
Cuando la miro así, natural en su fondo y en su forma, recuerdo cuando la vi por primera vez. No era la amiga de un amigo, ni la hermana de una conocida, no era mi compañera de trabajo, ni la dependienta de la tienda… ella sólo era una chica normal, con facciones “Pin Up” pero convicciones “Napoleón”:
-Oye…
-¿Qué?
-¡Te quiero!
-¿Así?
-¡Así!, ¿Qué tú no?
-No te conozco… ¿cómo podría?
-Como lo hago yo.
-¿Y cómo lo haces tú?
-No, ya no lo hago.
¿Cómo?
-Ya no te quiero.
-¿Así?
-Así. Por eso tú deberías quererme.
Y lo hice. La quise y la quiero porque me lo impuso, porque me lo orden, porque supo desde que me vio que yo era para ella. La quiero porque no preguntó si tenía una esposa, si tenía tres hijos, si era politeísta o desempleado. No quiso saber si estudiaba o vivía en la calle, no le importó si era un alcohólico o asesino serial.
La quiero porque me quiso a mí antes que a mi nombre completo o que a mi número de seguro social. Me observó hasta debajo del abrigo gris rata sin que yo lo notara y se atrevió a arrancarme el corazón, que supo hallar muy bien, ladeadito y no en el centro del pecho.
La quiero porque mientras yo me imaginaba las vicisitudes de su faldón y la agilidad con que podría quitarle las medias, ella ya divisaba su cuerpo en mi cama pero también para dormirla y para tenderla.
A ella siempre le quedó claro que su misión sería preparar el espresso cortado los lunes y el americano regular el resto de la semana, también que yo haría la cena la mayoría de las veces y que serían mis manos las últimas que sentirían sus mulsos de madrugada y a media tarde.
Y cuando me acuerdo de todo esto, cuando la escucho respirar mientras ella no se da cuenta, bebo otra vez de mi whisky, desabotono mi camisa y vuelvo a la cama para quererla “así.”